Niños, el nuevo blanco del narco
Al ver el entorno de violencia que vivimos y cómo dejó de preocuparnos el que se asesine a gente en plena calle, recuerda la historia de la rana cocida en una olla destapada
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Quinta Fuerza·

Al ver el entorno de violencia que vivimos y la forma en cómo dejó de asombrarnos, o preocuparnos el que se asesine a gente en plena calle, o se arrojen sus cadáveres en algún predio baldío, me recuerda a la historia de la rana que fue cocida en una olla destapada. En cualquier momento pudo brincar y ponerse a salvo, pero el agua se calentaba de poco a poco y nunca se percató hasta que fue muy tarde.
Pero luego ocurren casos como el de un niño de 13 años, sacado a la fuerza de una casa de Cancún, para ser torturado, asesinado a balazos y su cuerpo maniatado ser aventado como basura, en un camino de terracería. Casos de horror indescriptibles como este son los que nos hacen recapacitar, preguntarnos qué es lo que hacemos como sociedad; no sólo qué hacen nuestras autoridades, que es el reclamo eterno, sino qué hacemos cada uno de nosotros, como ciudadanos.
No pretendo tener las respuestas, pero sí está claro que es urgente hacer algo, porque la desventura de la impunidad viene acompañada de la indolencia: si no me conmueve, ocupa o preocupa, no es mi asunto, que lo arreglen otros.
Así, hemos ido aceptando y acostumbrándonos a cada vez más atroces escenarios: ver a un ciudadano que por robarle sus pertenencias es apuñalado a media calle y en lugar de tratar de auxiliarlo sacar el celular para tomar la grabación más morbosa y dejarlo allí hasta que muere desangrado; ver cadáveres en la calle y sólo voltear a otro lado; ser testigos de actos de corrupción y en lugar de denunciar, encubrir.
Y cada día es un escenario más complejo, hasta que llegamos al colmo, al fondo mismo de la inmundicia, ver cómo un pequeño que debiera tener su futuro por delante es asesinado vilmente, de manera fría, por pleitos entre vendedores de sustancias.
Podemos decir que la policía no hace su trabajo, podemos responsabilizar a cualquiera de los tres órdenes de gobierno, pudiéramos acusar a sus padres, pero al final, los responsables somos todos como sociedad.
Cada vez que solapamos que el vecino venda drogas, o se dedique a delinquir de cualquier forma, estamos siendo cómplices criminales de ese vecino. Cada vez que a nuestra puerta llega un sujeto a pretender que le rentemos alguna propiedad, cuando es evidente que se trata de un criminal y no sólo hacemos negocio con él, sino que además le protegemos con nuestro silencio, también nos hacemos cómplices.
En este punto en el que nos encontramos, ya no podemos llegar más bajo, pero sí podemos permanecer.


